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VI A LA LSO EN MEDELLÍN Y VIVÍ PARA CONTARLO

Hoy comenzamos este espacio de nuestro público para nuestros seguidores en las redes con Juan Pablo Crespo, comunicador social-periodista de la UPB y quien nos cuenta su experiencia de lo que fue el XXXII Concierto de Aniversario del Teatro Metropolitano con la Sinfónica de Londres y Sir Simon Rattle al frente. Su Instagram para que lo sigan es: @jpcrespo

Por: Juan Pablo Crespo Aguilar

Domingo en la tarde y el marco prometía: la casa dispuesta; los asistentes, convocados con puntualidad inglesa; y el ánimo de todos por las nubes. Desde la entrada del Teatro ya se podía sentir la alegría de las personas por ser testigos de un evento nunca antes visto en Medellín: un cumpleaños con la Orquesta Sinfónica de Londres (LSO, por sus siglas en inglés) bajo la batuta del aclamado Sir Simon Rattle.

Nos convocaba el XXXII Aniversario del Teatro Metropolitano, un escenario joven e icónico que ha sido hogar transitorio de orquestas, solistas, agrupaciones y colectivos de artes escénicas. En “El Metropolitano”, como le llamamos amorosamente los paisas, los espectadores hemos cruzado miradas con los artistas invitados y sin palabras, les hemos dicho “Esto es Medellín, bienvenidos”. Y esa tarde sí que cruzaríamos miradas…

Sonaron todos los timbres, el reloj marcó la hora de inicio y la sala se llenó. En la retina todavía estaba fresca la imagen de Yo-Yo Ma, quien hacía apenas tres días había pisado ese mismo escenario y nos había volado la mente con las Seis Suites de J. S. Bach para violonchelo. Y para más romance aún, si en la retina estaba el chelista, en la memoria estaba Hilary Hahn, la Orquesta Sinfónica de Houston y Andrés Orozco-Estrada que habían celebrado los 31 años del Teatro en 2018 con un repertorio de Jean Sibelius y Dmitri Shostakovich.

Cuando apenas dos músicos entraban de frac al escenario, ya la lluvia de aplausos caía generosamente sobre los ellos. Adiós al protocolo y a la etiqueta que dicta que sólo se aplaude cuando ingresa el concertino como representante de la orquesta y el Director. Y como dice el refrán, “sucio un dedo, sucia toda la mano”: salió Sir Simon Rattle y llegaron los gritos de emoción. ¿Cómo contenerlos? Imposible, es el poder de la música y el espíritu latino que no nos abandona.

Sir Simon Rattle, Orquesta Sinfónica de Londres

El saludo fue corto y de ahí en adelante, fue un viaje a la velocidad del sonido. ¡Todo pasó tan rápido! Comenzaron con los tres movimientos de la Sinfonia da Requiem del inglés Benjamin Britten, interpretados sin pausa. El primero de ellos (Lacrymosa) -la bienvenida al cumpleaños- abrió con sendos timbalazos que me hicieron recordar a Carl Orff con el inicio majestuoso de O Fortuna.

La Sinfonía que, en sus inicios, había sido comisionada para el aniversario 2.600 de la fundación del Imperio Japonés, nos dejó con la tensión y la angustia propia de un réquiem. Con el pizzicato de los contrabajos al finalizar el tercer movimiento nos fuimos al intermedio.

Llegó la segunda parte del concierto: Gustav Mahler. De este compositor, que conocí de forma tardía por su estatua en la calle Dvorni Trg de Ljubljana (Eslovenia), se interpretaría la Sinfonía Nº5 en Do sostenido menor. En el Teatro no se movía un alma hasta que Sir Simon Rattle marcó el primer compás.

Sea este el momento para confesar que hice un ejercicio contemplativo: cerré mis ojos y puedo decirles que percibí el sonido de la LSO cercano a la belleza más pura. Casi podía escuchar un solo instrumento de cada grupo, es decir, un solo violín, una sola viola, un solo chelo, una sola flauta, aunque en realidad estaban varios músicos interpretándolos. Me impresionó el sonido en bloque, todos perfectamente sincronizados, nos tenían absortos. Fue un poco como estar en “El flautista de Hamelín”… “La Orquesta puede salir del Teatro tocando y todos nosotros, detrás de ellos sin decir ni mú”, pensé.

El embrujo duró poco más de una hora y diez minutos. La montaña rusa de emociones de la 5ta de Mahler fue coronada con una ovación de pie que duró varios minutos. Aplausos y gritos por igual. La euforia no tenía límites. En el fondo, siento que todos queríamos abrazar o tener una selfie con una de las mejores batutas de todos los tiempos, pensamiento que me confirmó una chica desconocida de la fila de atrás que dijo “Muy groupie y todo, pero me muero por una foto con ese señor”.

Así terminaba otro cumpleaños memorable del teatro que nos ha visto reír y llorar. Larga vida al Teatro Metropolitano, que continúe siendo eje fundamental de la cultura en Medellín y que nos siga haciendo derramar lágrimas de alegría que reemplacen el dolor que a veces rueda sin control por nuestras montañas.

¿Qué vendrá para el XXXIII? ¿Se lo piensa perder después de todo esto?

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